Ten days…

Por más vueltas que uno dé en la vida siempre vuelve al lugar en el que ha sido más feliz, y en mi caso ese lugar es Salamanca.

Felicidad, qué gran palabra. Creía que durante mi existencia ya la había experimentado hasta que en el 2005 llegué a esta maravillosa ciudad por primera vez. Fueron tan solo tres meses pero fueron suficientes para darme cuenta de lo que la vida tenía que ofrecerme fuera del nido familiar. Tuve momentos buenos y momentos menos buenos pero incluso de los menos buenos intenté aprender algo. Y eso para mí fue felicidad.

Con lágrimas en los ojos tuve que despedirme de Salamanca a causa de un problema de salud, sin saber cuándo podría regresar o si podría hacerlo algún día. No fue hasta tres años más tarde que lo hice.

Se me brindó una nueva oportunidad para comenzar y de una vez terminar lo que había dejado pendiente en el pasado. Me acompañaron en el camino personas que a día de hoy siguen en él y a las que espero conservar por el resto de mi vida. Pero tras terminar por fin aquel proyecto me autoconvencí que esa parte de mi ciclo vital estaba completada.

Catedral de Salamanca. Foto de Wikipedia

Me equivoqué. Me equivoqué y peor aún, me lancé en picado hacia un agujero negro del que me costó tanto salir que creía que moriría ahogado en la desesperada subida hacia la superficie.

La Rioja me salvó. Me hizo volver a conocer el lado bueno de la vida. Que hay personas que no tienen como objetivo hacer daño a otras personas y en las que me atreví a confiar. Me enseñó que un objetivo grande no se consigue a bocados grandes, porque te empacha. Que lo bonito y al mismo tiempo esencial es dar un paso pequeño cada vez. Me enseñó a priorizar y darle a cada cosa y persona el lugar e importancia que se merecen.

De pronto una mañana de mayo Salamanca volvió a irrumpir en mi mente y me vi echándola de menos. Y la eché tanto de menos que una fuerza invisible me empujaba a que regresara por más cómodo que me sintiera con mi vida riojana. No voy a mentir, me costó mucho tomar aquella decisión. Me costó horrores. Ya no solo porque tendría que dejar (relativamente) a medias los estudios, me costó más por la gente que me acompañaba en aquel momento y a la que físicamente tendría que abandonar. Pero si algo he conocido, en general en la vida, es el sabor amargo que te da el ”¿y si…?”. Allí quedaron experiencias y amigos a los que en mi despedida abracé sumamente fuerte para poder llevarme una parte de ellos conmigo. Era mi personal y particular forma de pedirles que nunca se separaran de mí.

Y aquí estoy, casi diez años después de mi segunda llegada a Salamanca, deseando que pasen diez días para que la historia se repita. Una historia que tiene nuevo guión y nuevos personajes, pero que sin duda será una aventura que viviré intensamente.