At home

—Hay una cosa que he querido hacer desde el momento en el que supe que volvería.
—¿El qué?
—Hacerme una foto en la Plaza Mayor con los brazos extendidos como diciendo: “¡Por fin!”
—Pues ponte, que te la hago.

Esto ocurrió hoy por la tarde, antes de cenar. Mi amiga Ruth y yo nos confesábamos mutuamente, como llevamos haciendo desde que nos conocimos hace una semana, mientras dábamos un paseo e, irremediablemente, terminamos en la Plaza Mayor. Era nuestra segunda visita juntos a este lugar tan concurrido y maravilloso. Giraba sobre mí mismo, mirándola sin poder creerme que por fin, tras nueve largos años, volvía a estar allí. Incluso me agaché a tocar el suelo, como hacía Juan Pablo II cada vez que visitaba un nuevo lugar, que se arrodillaba y lo besaba. Aunque he de confesar que el mismo domingo que aterricé en Salamanca tuve mi reencuentro a solas con ella. Sabía que tendría días de sobra, pero no esperé ni un minuto más. Necesitaba verla. Así que según comí y me tomé un café, salí por la puerta. En cuanto puse mis ruedas sobre sus dominios, me recibió con los brazos abiertos, como si el tiempo no hubiera pasado. La emoción se me salía por los poros, hasta el punto de que alguna lágrima resbaló por mis mejillas. Recordé todas las tardes de aquel lejano 2009 en las que, con un capuccino en la mano, me apoyaba en una de las columnas de la Plaza del Reloj viendo pasar gente, conociéndose, citándose, y me montaba mis historias que luego plasmaba en los textos que se publicaban en la revista de la residencia. Recordé lo a gusto que me sentía. Era como estar en casa.

Por eso le dije a Ruth que quería hacerme una fotografía en ese lugar y con esa pose, para transmitir ese sentimiento. Porque por fin estaba en casa.